Dios es un escándalo — Un escándalo que produce. Diarios íntimos (1887)
¿Qué es el catolicismo?
Se me ocurrió leer la Biblia cuando tenía 9 o 10 años. Mis abuelos, inmigrantes italianos del Sur, eran profundamente católicos. Había un cuadro enorme de Jesús colgado en su pieza. Mi papá, mis tíos y mis primos fueron a una escuela religiosa. Los bautizaron, tomaron la comunión, la confirmación y hasta creo que hay dos que fueron monaguillos. Mi abuela materna decía: “Dios y la Virgen, Juanita” cuando algo la asombraba. Tenía un rosario colgado en la punta de su cama.
Siempre me generó curiosidad saber qué decía la palabra santa. ¿Qué tiene para enseñarme ese libro? ¿Por qué festejamos festividades como la Pascua y la Navidad? ¿Papá Noel aparece en la Biblia? Con esas inquietudes, un día agarré el librito viejo que estaba en la estantería de casa y me senté a leer.
Estuve tres horas de corrido pasando hojas y hojas, que estaban impresas con una letra diminuta, leyendo el Antiguo Testamento. Volví del colegio con dolor de cabeza porque me había hecho bolsa la vista. No me importaba mucho. Me sentía especial porque había accedido a un conocimiento propio del mundo de los adultos. Bueno, había algo más: mis compañeritos estaban haciendo catequesis para tomar la comunión, y yo no.
Cuando mis viejos se separaron, traté de apoyarme en la fe como lugar de seguridad. Como ancla en un momento de la vida que me mostraba que lo sólido (aún en la inestabilidad tensa que era la convivencia doméstica) podía desarmarse. Salió mal. No hubo rezos que pudiesen parar las peleas y discusiones que seguían teniendo mamá y papá, aún sin vivir juntos.
De algún modo, se sobrevive. Llegás a la facultad, conocés la historia de la cultura occidental, leés Calibán y la bruja, te diagnostican depresión. Y ahí sí tuve la desdicha de conocer la fe.
La fuerza de las creencias
Un cuadro depresivo, desde algunas perspectivas psicológicas, puede entenderse como un desbalance químico en tu cerebro. Algo de verdad debe haber porque, con ayuda de antidepresivos y terapia, los patitos se me pusieron más o menos en fila. Yo elijo pensarlo como una manera de estructurar emociones y pensamientos: la vida era una mierda, una desgracia, algo que estaba hecho para fuertes y yo era tremendamente débil, tonta, fracasada y estúpida. Profesaba una ideología. Rendía culto a una fe: odiarme.
El problema con las creencias es que, como estructuran pensamientos, orientan acciones. Una persona católica está bautizada, asiste a misa los domingos, reza, cumple con los mandamientos de su religión. Una persona depresiva está convencida de que su existencia es inerte: duerme mucho, come poco, se lastima, busca terminar con su vida.
Estuve mucho tiempo peleada con la religión. Pensé en sumarme a las apostasías colectivas de la marea feminista. No lo hice, no sé si por pereza o por miedo a decepcionar a mi familia. Para bautizarme, a mis tres años, papá tuvo que prometerme una cámara de fotos de Barbie a cambio de ponerme el vestido blanco y no llorar en la Iglesia. Calculo que cumplí el acuerdo porque conseguí mi regalo. Imaginate la importancia que tenía ese ritual de iniciación para él si estuvo dispuesto a pagar por el papel de niña angelical, aún cuando no sobraba la plata en casa porque estaban ahorrando para tratar de acceder a una vivienda propia.
Esta era la cámara, andá a saber dónde quedó.
Dime qué haces y te diré qué religión profesas
Aunque no parezca, yo hoy respeto las religiones. Literalmente le dan sentido a la vida. Hay mucha hermana feminista que está enojada con el catolicismo por el lugar de objeto que se le asignó históricamente a la mujer, por la persecución a herejes y brujas, por la Inquisión y la exterminación de los cultos paganos. Por los diputados provida que, aún hoy, sostienen que el aborto es un pecado.
No es contradictorio ser feminista y religiosa (véase el caso de Católicas por el Derecho a Decidir, de las hermanas evangelistas que hacen trabajo social en las iglesias de sus barrios, de las judías que buscan crear mujeres lideresas). Una tiene derecho a profesar su fe, desarrollarse y realizarse en el marco de un Estado de Derecho. ¿Desde qué lugar podés invalidar eso?
Nuestra comunidad, a la que debemos aspirar, es aquella donde la libertad y la responsabilidad sean causa y efecto, en que exista una alegría de ser, fundada en la persuasión de la dignidad propia. Una comunidad donde el individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no sólo su presencia muda y temerosa.
La comunidad organizada (1949)
Lo que sí no puede pasar es que repitamos como loras que la religión es el opio de los pueblos, y oprime, cuando andan todas gritando TATIANAAA y comentando emojis de tortugas. Si no vemos el valor que aportan las creencias, organizadas en una religión o en una comunidad digital, para sentirnos parte de algo mayor que nosotras y asignarle un sentido a la vida por fuera de nuestras existencias vacías… No hay posibilidad de transformar el complejo y diverso mundo que habitamos.
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