En general, llego tarde a todas partes. Bajé de un Uber en la estación y vi cómo el tren cerraba las puertas en mi cara. Me recibí dos años después que mis compañeras. Me entero de las tendencias de TikTok cuando pasaron de moda y da cringe mencionarlas.
Estoy llena de granos. Tengo la cara desordenada, la cámara frontal del celular me devuelve a una chica con marcas rojas, labios indefinidos, un poco de bigote, un fuego labial hijo de una dieta basada en café y papas fritas. Estoy tan disgustada conmigo que desearía pronunciar mi deseo de muerte: pero no puedo, no puedo, ni eso puedo.
Veo hacia atrás en mi vida y me pesa la acumulación de frustración. Escribo esto tirada en el piso. No voy a justificar cada palabra que pongo. Se siente así y no busco convencer a nadie de que mi angustia es válida.
No estoy orgullosa de mis certezas. Opté por la soledad. Alguna vez papá me dijo que yo aspiraba a ser jefa siendo inexperta y me ofendió. Pero tenía razón. Ahora soy insignificante aspirando a sostenerme en pie, a pesar de mí misma.
La última vez que publiqué una poesía estaba enamorada y hablaba de desamor. Ahora veo el presente gris y me pregunto si escribir no es un esfuerzo desesperado, y urgente, por creer en Dios. Como la lluvia que está empezando a caer recordándome que siempre se puede estar peor.

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