Leo una pelotudez en X. Respiro. Me digo a mí misma: «No contestes. ¿Para qué vas a darle interacciones a esto?». Es más fuerte que yo, no hay racionalidad que valga cuando leo a alguien pronunciando un sentido común resentido que atenta contra la posibilidad de vivir mejor.

La calentura que me agarró leyendo eso, mamita. Y no solamente porque tengo identificado al tal Fergusson H como un usuario peronista con el que rara vez coincido en maneras de ver el mundo… Hace algunos días, se viralizó una nota de julio de 2025 del New York Times titulada: Pensar se está convirtiendo en un lujo.
Lo primero que vino a mi mente fue la Grecia Antigua. ¿Platón, Aristóteles y Sócrates hubieran podido hacer filosofía si no tenían las necesidades básicas resueltas (por sus esclavos)? ¿Qué onda los curas que tenían designada la responsabilidad intelectual de transmitir conocimiento a lo largo de la Edad Media? ¿Quién les garantizaba el morfi? ¿Acaso la clase proletaria de la Revolución Industrial, que Marx supo describir, vivía scrolleando?
¡Adivinen qué! En la actualidad, no hay evidencia concluyente de que usar redes sociales sea el factor que determina calidad de vida o desarrollo cognitivo; lo que tenemos son toneladas de datos que muestran que la pobreza estructural sí lo hace.
Pobreza y acceso a alimentación saludable
La pobreza no es un concepto abstracto, no es la imagen de alguien con ropa sucia y ya. Según las Naciones Unidas, hablamos de un «fenómeno multidimensional que abarca la privación de capacidades, recursos, seguridad y acceso a necesidades básicas (salud, educación, agua, vivienda). Implica hambre, desnutrición, exclusión social y falta de participación en la toma de decisiones».
Ser pobre se traduce en, por ejemplo, tener capacidad -o no- para acceder a una alimentación de calidad. En Argentina, un informe de la UCA señala que más del 35% de los niños y adolescentes experimentó inseguridad alimentaria en 2024, y que un porcentaje significativo vio afectado su desarrollo físico y mental por la falta de acceso regular a alimentos nutritivos.
Si nos queremos poner tilingos, también hay estudios internacionales que vinculan la inseguridad alimentaria con menores capacidades cognitivas en adultos mayores, reforzando que la nutrición a lo largo de la vida influye en el funcionamiento cerebral.
Entonces, hasta acá: las dificultades para tener una alimentación sana son inherentes a la situación de pobreza. Que no es algo nuevo, que en la Argentina viene siendo un desastre desde -por lo menos- el 2001. En cualquier caso, lo novedoso pareciera ser lo tonta que se está poniendo la clase media que elige ultraprocesados y Coquita en lugar de optar por alimentos más saludables. Esto último es opinión mía, describiendo consumos que veo naturalizados en gente profesional cercana, muy leída.
La brecha digital es real, pero no es solo scroll
Claro que el acceso a tecnología influye en vidas y oportunidades —pero esta corriente actual de pensamiento putea a TikTok, y los videos cortos, mientras opina mal y gratis desde Twitter.
La joda es poner la lupa en la desigualdad de acceso a Internet y las habilidades digitales. En mi país, la desigualdad socioeconómica se expresa en quién tiene o no acceso efectivo a Internet, dispositivos y educación, lo que limita oportunidades de aprendizaje y empleo para quienes ya estaban en desventaja. Incluso en contextos como el Reino Unido, investigaciones muestran que hasta el 45% de las familias con niños carecen de los recursos digitales mínimos para participar plenamente en la sociedad moderna, amplificando desigualdades preexistentes.
No es el contenido, es la materialidad
La narrativa moralista que degrada a los pobres al scroll (me gustaría ver cuántas horas de pantalla tienen las personas que denuncian esto…) ignora que el acceso a información útil está mediado por condiciones materiales: nivel educativo, tiempo libre, estabilidad económica y acceso a dispositivos adecuados. Estudios sociológicos encuentran que, si bien las plataformas digitales pueden ofrecer herramientas educativas, también reproducen ansiedades y pánicos relacionados con la alimentación y la salud cuando no se acompañan de una base social y económica sólida.
Sigan hablando boludeces que levantan likes
Insistir en que “las redes sociales degradan” es un ejemplo típico de determinismo tecnológico que evade la pregunta política más inmediata que sí podemos resolver: ¿por qué millones de personas no pueden acceder a buena comida, atención médica o educación de calidad? La literatura científica señala consistentemente que las desigualdades socioeconómicas y estructurales condicionan los resultados de salud, cognición y bienestar más que cualquier hábito de consumo mediático aislado. Pero sigan hablando boludeces, que evidentemente levantan muchos likes.

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