No todas las opiniones son válidas.


¿Qué harías si la persona que amás sufre un ataque al corazón en la calle? Personalmente, intentaría salvarle la vida con todas mis fuerzas. Si en ese momento tengo que elegir entre primeros auxilios de un enfermero o el ritual de un curandero, sin dudas voy a preferir el saber científico.

Si estoy triste y quiero pasar un rato riendo, no voy a llamar a esa amiga que está a punto de tener la cita que esperó durante semanas. Quizás busque una comedia en Netflix, quizás prepare un budín para comer con mi hermana que está al pedo en su casa.

Los ahorros de toda mi vida van a quedarse generando intereses en un plazo fijo, por más que Cositorto diga que multiplica mi abundancia si le confío plata a Generación Zoe.

Con la misma seguridad puedo afirmar que no me pondría al día sobre política nacional solamente viendo Neura, ni solo leyendo a La Izquierda Diario. Pero tampoco me consideraría una persona informada si negara su existencia por el hecho de que a mí no me gustan sus líneas editoriales.

¿Es posible tomar buenas decisiones si la información y las opiniones en internet están estructuradas por lógicas publicitarias?

En las redes sociales, los algoritmos brindan visibilidad a las publicaciones que consiguen sostener por más tiempo la atención de una opinión pública… Boba. Uso la palabra boba para calificar al conjunto de datos acumulados que jerarquizan fake news, imágenes de mujeres cosificadas y sensacionalismo por sobre contenidos mínimamente curados en función de tus Seguidos.

Decime si no es al menos sometible a debate que hoy, cuando abrís el inicio de cualquier red social, como usuarios no tenemos injerencia o control sobre el contenido que nos aparece. En el grueso de los casos, ni siquiera lo vamos a cuestionar: oportunamente nos muestra algo que deseábamos ver pero que aún no lo sabíamos.

Para tomar buenas decisiones, hace falta que circulen buenas informaciones.

Los pensadores del neoliberalismo algorítmico militan la soberanía cognitiva, un rezo por el bienestar individual: «Pero el objetivo es el mismo: ser dueños de nuestro propio tiempo, señores de nuestros pensamientos y tener la capacidad de saber si los deseos que rigen nuestro sistema psíquico son propios o implantados». Hay que volver al Estado, muchachos.

Hashtag geopolítica

Desde 2017, en el viejo continente se discute este tema en términos de soberanía digital. La Unión Europea plantea que el problema de fondo es quién tiene la infraestructura para controlar los flujos de datos, con Snowden como caso paradigmático. Es decir… Una tensión política y económica entre usuarios, plataformas radicadas en Estados Unidos y los gobiernos.

China, por su parte, tiene a la población con restricciones en el acceso a GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) hace años. El gobierno incentivó activamente la creación de plataformas locales como Weibo, Baidu, WeChat y Alibaba en reemplazo. En Venezuela, con la captura de Maduro, X volvió a funcionar luego del bloqueo de la red social a pedido del mandatario en agosto de 2024.

En la Argentina, un documento reciente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) expresa que el ciberespacio «también habilita dinámicas de desinformación, activación de conflictos sociales […] y captura de plataformas de decisión». Mientras tanto, la oposición local crea ensayos propagandísticos y recortes virales que juntan muchos likes al tiempo que ofrecen nula o mala información para promover un uso crítico de las tecnologías.

De algo hay que vivir... Pero los kioscos, por sí solos, no emancipan.

Se puede jugar a crear grandes comunidades para reproducir ideas y garantizar ingresos. Véase el caso de Gelatina, un streaming en el que su propio creador no puede entrevistar a nadie que se salga del espectro político afín porque recibe el rechazo de las seguidoras. También está Carajo, un canal que he sintonizado en algunas ocasiones y en el que jamás escuché un argumento medianamente bien estructurado. Y sin embargo ahí está: emitiéndose diariamente con una sólida base de 10 mil personas conectadas en vivo. Otras imágenes para ilustrar este punto podrían ser La Faraona, Rebord y Emilia Mernes llenando el Movistar Arena con multitudes que los conocen y consumen a través de la virtualidad.

En clave analítica, con ojo comercial, las redes son otra historia. Una vieja historia, en realidad. Insertar mensajes dirigidos a una audiencia específica y movilizar sentidos hacia acciones concretas no es algo nuevo. Le van a querer decir soft power, manipulación de masas, psyop, poder negociado, experimento de Pavlov con el perro. Pero se llama marketing. Ni siquiera propaganda.

«El individuo siente que las órdenes de la conciencia son las suyas propias, y así… ¿Cómo podría rebelarse contra sí mismo?»

—Erich Fromm en El miedo a la libertad.

Es urgente recordar lo evidente.

Lo que se amplifica digitalmente responde a la democracia de una opinión pública cuantificada en reacciones emocionales. Las instituciones que mediaban el saber, como la ciencia, la educación y el periodismo, hoy están agonizando. De nuevo: hay que volver al Estado, muchachos. Al menos si nos interesa sostener la ficción de la vida en sociedad como la conocemos.

Si no vamos a tener conversaciones serias sobre cómo las nuevas tecnologías moldean creencias, afectan conductas y vulneran los principios democráticos… Por favor, prohíban las redes sociales.

Juana Politizada